6 de agosto de 2012

Nacionales

Nacionales. Un país menos vulnerable

por Alberto Dearriba (*)

Mientras los opositores tratan de investigar si los traslados de presos se realizaban a reuniones culturales o políticas, la presidenta Cristina Fernández se dedicó la semana pasada a preparar el anuncio oficial producido el jueves último en la Bolsa de Comercio sobre la cancelación de la última cuota del Boden 2012, con lo cual el kirchnerismo termina de levantar un muerto de casi 20 mil millones de dólares, derivado del estallido del sistema financiero en diciembre de 2001.

El Corralito y el Corralón que incautó depósitos bancarios que fueron devueltos con los Boden no fue en realidad sólo un desbarajuste financiero, sino la implosión de un modelo que se llevó puesta a la economía real, a las instituciones y a la política.

El kirchnerismo es hijo de aquellos aciagos días, en los que una treintena de argentinos regaron una vez más con sangre las calles, desencantados de todo el sistema político-institucional.

De aquellas aciagas jornadas de los ahorros capturados en los bancos, de un nivel de desocupación inédita, de miles de personas comiendo de los tachos de basura, a esta realidad, hay un abismo. Del "que se vayan todos" a la incorporación de buena parte de la juventud a la militancia y a la reivindicación de la política, hay un mundo.

La decadencia que explotó como una crisis financiera se inició con la aplicación de un plan económico neoliberal durante la dictadura, que fue ejecutado a sangre y fuego. La desregulación de la economía, la apertura comercial sin límites, el imperio del mercado por sobre toda consideración, no hubiera sido posible sin su correlato de terrorismo de Estado.

Pero el paradigma neoliberal fue llevado luego a su máxima expresión en democracia por el gobierno de Carlos Menem, que privatizó a mansalva, profundizó la desregulación de toda la economía y sostuvo un tipo de cambio ficticio con un endeudamiento externo suicida que financió el uno a uno.

El descalabro que se pagó con el Boden 2012 no fue entonces una crisis financiera sino el final de un modelo político-económico que produjo una emergencia social descomunal, patentizada en el desempleo de una cuarta parte de la mano de obra activa.

Pasar de aquella situación de default a la etapa del desendeudamiento inaugurada por Néstor Kirchner, no fue un pase mágico, sino también el resultado de una política económica en la que se priorizó el mercado interno.

Desde 2003 la Argentina fue afrontando sus compromisos internacionales sin acceder al crédito externo y mientras crecía el PBI, las exportaciones, el nivel de reservas y el consumo.

Simultáneamente se reactivaron las discusiones salariales paritarias, se ajustaron las jubilaciones, se cubrió previsionalmente a la mayoría de los ancianos y se implantó la asignación universal por hijo. Por una vez, la Nación no debió sobreendeudarse para pagar deudas, ni lo hizo con la sangre y la calidad de vida de sus habitantes.

Más allá de los actuales tironeos políticos -característicos de cualquier sistema democrático- lo cierto es que decisiones oficiales como la anunciada el jueves en la Bolsa de Comercio, revelan que cuando Cristina Fernández abandone la Casa Rosada, los futuros gobernantes estarán ante una Argentina menos vulnerable y mucho más previsible.

La cancelación del Boden 2012 coincide con una fuerte crisis del capitalismo mundial que obligó al gobierno a adoptar medidas poco simpáticas para algunas empresas y para la clase media: las restricciones a las importaciones y a la compra de divisas.

Los opositores cuestionan las trabas comerciales porque frenan la actividad productiva de algunos sectores y rechazan el cepo cambiario porque señalan que agudizó la desconfianza y la consiguiente fuga de divisas del sistema bancario.

Pero ocultan que las restricciones tienen por objetivo precisamente preservar los dólares necesarios para importar insumos que luego se aplican a la producción y eventualmente a la exportación.

Tampoco dicen que la alternativa al control cambiario para preservar las divisas necesarias para atender la deuda externa y las importaciones hubiese sido una devolución drástica que hubiera impactado negativamente sobre la inflación -con la que tanto machacan- y especialmente sobre el poder adquisitivo de los sectores de ingresos fijos.

Con menores obligaciones externas, mejores cosechas si no se repite la sequía y elevados precios para cereales y oleaginosas, tal vez el corset pueda ser flexibilizado el año próximo. Pero por el momento, el gobierno aguanta el remezón de la mejor manera que puede. Es inimaginable lo que sería hoy la Argentina si estuviera gobernada por los mismos que la pusieron de rodillas.

Para hacer política, se puede discutir si todos los traslados de presos se ajustaron a derecho, si se trata de una estrategia de resocialización o de una tarea política.

También es discutible si los índices de precios privados o de las provincias son más precisos que los privados. Si la responsabilidad sobre la inflación es del gobierno o de los formadores de precio en un mercado oligopólico.

Pero lo que no tiene discusión alguna es que de los días del corralito a esta realidad -con restricciones a las importaciones y al cambio de divisa incluidos- hay una distancia sideral. Y, con sus más y sus menos, eso lo perciben la mayoría de los argentinos.

(*): Télam.

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