3 de junio de 2012
La licenciada en Psicología Ana Ciappa, profesional del CPA local (Centro Provincial de Atención a Las Adicciones) y de la Unidad de Adolescencia del Hospital Ramón Santamarina, refiere a una etapa original de la metamorfosis del niño en adulto, y a la pregunta que las instituciones que trabajan con adolescentes se plantean sobre cómo pensar esta etapa estructural.
“Muchas de las consultas que recibimos, en el CPA local, las realizan padres de adolescentes angustiados y desorientados. Los motivos son semejantes y frecuentes: las dificultades que tienen en la vida cotidiana con sus hijos y éstos con los proyectos vitales.
Una significativa cantidad de adolescentes están abúlicos, desganados, pierden su tiempo sin interesarse por nada y en la familia la violencia verbal y física comienza a constituirse en síntoma; en algunos casos la música estridente y/o aislada es el único refugio para estos jóvenes que pierden años escolares sin poder reflexionar sobre los fracasos.
Algunos padres se dan cuenta de que sus hijos toman alcohol en exceso o suponen que pueden estar consumiendo drogas, pero no se sienten capaces de intervenir. Temen que si hablan o ponen límites resulten atacados por sus hijos.
Así es como a veces se circunscribe a “la droga” como el problema, dándole una entidad propia que en muchas ocasiones obtura para que los padres reflexionen acerca de los vínculos que se enlazan y desenlazan en lo familiar. Ese hijo es identificado como el transgresor, loco o frustrante constituyendo una realidad familiar, a la vez ominosa. Nuestra mirada como institución nos convoca a repensar el lugar de consumo en el sujeto que consulta, la significación en ese sujeto que se historiza, por eso es el caso por caso, sino se tendería a estigmatizar con el riesgo de naturalizar estas situaciones.
La adolescencia es el tiempo del desprendimiento parental, donde cada sujeto debe reasegurar su identidad, creen haberse independizado de sus padres aunque siguen dependiendo de ellos económica y afectivamente, esto los vuelve vulnerables y enojados, pudiendo aparecer estados de furia o ira. Desearían no estar atados a sus propios sentimientos, pues la angustia que le provoca, los vuelve más débiles o más expuestos a las demandas paternas. Este es un tiempo de constitución de la sexualidad, donde deben reasegurar su identificación con la masculinidad y la feminidad. Los límites paternos y sociales, los cuales no cumplen un patrón de medida común, desorienta a padres e hijos, obturando muchas veces, encontrándose con el fracaso o con situaciones de alto riesgo y los adolescentes pasan a ocupar el lugar de lo que “no anda” en la familia, la escuela, la comunidad.
En ocasiones aparece la idea de que se han perdido los valores, que ya no hay limites, que la inmediatez irrumpe sin permitir el proceso lógico de las instancias que necesitan un tiempo de elaboración y espera, entonces surge el adormecimiento, decantando en urgencia o en otros casos la anticipación que condiciona el desarrollo propicio de un tiempo de constitución subjetiva. Así pensamos que en la cultura ha caído la función del padre, con esto estamos diciendo que como conjunto social nos sentimos impotentes para modificar las condiciones de vida. Los jóvenes se han identificado con esta impotencia; esto los angustia, dando lugar al consumo, a trastornos de alimentación, a conductos agresivas como modos de expresar el malestar.
La adolescencia no es una edad cerrada, es un tiempo original y capital en la vida del sujeto metamorfosis, mudanza del niño en adulto. Es aquí donde tiene que primar el sostén en especial de sus referentes adultos más próximos, sin este sostén se pueden producir salidas fallidas de este tiempo.
Quienes trabajamos con adolescentes, como profesionales, desde instituciones de distinta índole, jugamos un papel fundamental el vida de los mismos, aquello que hagamos, de que sujeto partimos, a quien miramos, podrá favorecer la expansión y la confianza en sí, al igual que la posibilidad de superar aquello que les genera impotencia, o por el contrario podemos estimular al desaliento.
Quien haya sido adolescente tiene que recordar los desbordes, sin embargo es bastante común en la consulta con los padres de adolescentes el olvido, producto de la represión a la que son objeto. ¿Recuerdan? La dificultad del primer amor, el sacudón de la iniciación sexual, el odio inevitable que conmovió la estructura y tuvo como objeto a los padres.
Pensemos, entonces, que aquello que se inscribe en contra de lo instituido, aquello nuevo que irrumpe y cuestiona lo que viene siendo, denunciando que no funciona, es la posibilidad de un ordenador cuyo recorrido es peor si se evita. Acompañar, sostener los cambios producidos en la adolescencia es la posibilidad del ingreso fortalecido al mundo del adulto.
Es así que en nuestra práctica profesional, la función de la palabra convoca a historizar a un sujeto deseante, restaurar el deseo de vivir y crear, independizándolos de las exigencias e ideales de la felicidad, éxito, impuestos por la cultura, dando lugar así a la a la elección de un proyecto vital, con la impronta de su singularidad.”
Comentarios
0Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales.
Iniciá sesión para dejar tu comentario
Iniciar sesiónCargando comentarios...
Denunciar comentario