13 de agosto de 2014

Locales

Locales. Vivir en la terminal


Sr. Director:
Para los perritos de la Terminal que fueron trasladados al predio de Bromatología, no fue una elección ni la Terminal ni Bromatología. La Terminal fue el único lugar donde se sentían protegidos, no dormían a la intemperie y recibían comida y mimos de la gente que ahí trabaja como de los ocasionales pasajeros que circulan por esas plataformas. El canil de Bromatología es la cárcel a la que fueron deportados por ser víctimas del abandono y de la indiferencia humana.
En un paralelo con la película “La terminal” en la que Tom Hans representa al inmigrante de los Balcanes, Viktor Novorsky, y que queda varado en el aeropuerto, los perros, quedan ahí porque es lo más cercano a una familia. Sólo que las autoridades tandilenses no tienen para ellos, un final como la película de Spierberg.
Leo en los diarios locales que la medida fue tomada porque hubo algunas denuncias. ¿Quiénes denunciaron? ¿Denunciaron que había perros? No hay una terminal del país en la que no haya multitud de perros. Y no es la solución, encerrarlos. Viajé días atrás, y lejos de sospechar lo que les ocurriría en unos días, los vi felices, durmiendo sobre cartones que seguramente algún empleado les había puesto, y a los que se asomaban a las puertas, la gente les abría para que pasaran.
Este año publiqué tres cartas de lector referidas a los “perros de Bromatología”, porque fui a verlos y volví espantada. Perros encerrados en mínimos caniles fríos y sucios. Por años. Lautaro y Pelotas fueron encerrados hace ¡8 años! Sí, ¡8 años!, Pelotas, hará un mes, tuvo la suerte, de ser adoptada. Lautaro, aún espera. Valiente Lautaro. Fuerte Lautaro. Y tantos otros que están ahí con esa soledad que les opaca la mirada, con ese ladrido desesperado con que reciben a quien tal vez crean que viene a liberarlos. Con esos besos que dan por entre las rejas tratando de recordar qué es el cariño. Con ese impulso a salir que los empuja contra la puerta tratando de forzarla.
Volví destruida. Sintiéndome cómplice de esa miseria. Me acerqué a la agrupación “Iniciativa para la adopción de los perros de Bromatología” y ofrecí tránsito. Y publiqué las cartas, y notifiqué por las redes sociales, también envié un mensaje privado a la página “Intendente Miguel Lunghi, pero no hubo respuesta, no hubo cambios.
Las redes sociales difunden, comparten y la gente comenta, se leen expresiones de asombro, de bronca, de fastidio, expresiones de alegría cuando uno es adoptado, pero nadie va a ver y nadie palpa el dolor, el sufrimiento, la desesperanza que esos seres manifiestan tras las rejas. La gente se solidariza a través de la pantalla, pero evita el contacto con la realidad.
” Iniciativa” trabaja sin descanso, con esfuerzo y con un amor incondicional y cada tanto, logra un tránsito que permite la libertad de un perro. Pero otros siguen quedando. O alguno, como Rolandos, muere sin haber recuperado la libertad que le quitaron, cansado de ver pasar la vida del otro lado del alambrado.
Ahora se suman “los de la terminal”. A una denuncia, un encierro. Los delincuentes tienen la posibilidad de ser juzgados, de apelar un fallo antes de ir a la cárcel. Los perros, no. ¿Quién escucha un ladrido que pide clemencia? Sólo lo escuchan las instituciones proteccionistas, que por suerte en Tandil hay varias y se dedican con amor, con compromiso, con valentía, pero chocan contra una orden que desoye ese ladrido.
Ojalá se logre un cambio, ojalá la sociedad tome conciencia de lo que ocurre y ceda espacios para ubicar a estos animalitos que no eligieron ser callejeros. Uno los ve vagar por las veredas con ese paso tan sin destino, tan desprotegidos, tan solos, que uno quisiera tener un patio gigante para albergarlos.
No va a ser fácil solucionar este problema mientras la humanidad no cambie, mientras los dueños no castren a sus mascotas, mientras no haya leyes que protejan los derechos del animal y se exija su cumplimiento.
No obstante, todas las agrupaciones proteccionistas, hacen mucho, muchísimo, sólo que es un trabajo que no alcanza porque los tránsitos no se consiguen. Pero duele y enoja saber que ese amor sin límites con que trabajan, recibe la cachetada de nuevos encierros.
Tandil, maravillosa ciudad, “lugar soñado”, amplia de preciosos paisajes verdes, anfitriona cortés de miles y miles de turistas, se vuelve, a quienes amamos a los perros, una ciudad hostil, no cabe en el folleto de su presentación, el maltrato animal. Y un canil minúsculo, en que se cuela el frío cruel del invierno tandilense, es una terrible forma de maltrato.
Hoy están en las páginas de los diarios, “los perros de la Terminal” pero allí, además, están todos aquellos que como expresé en una de las cartas anteriores, orinaron en el jardín equivocado, se acostaron en el portón del señor que no quiere perros en la vereda o rompieron la bolsa de basura buscando qué comer porque el hambre duele en esas panzas vacías.
Todos los animales se merecen ser tratados con dignidad y amor, acá, me estoy refiriendo sólo a los perros por ser noticia de estos días. Hay muchas formas de maltrato y una de ellas, es el olvido en la prisión de un canil.
Ojalá se revean medidas, se escuchen opiniones y se permita ese trabajo voluntario que se ofrece al Municipio. Ojalá un día, pronto, (cada día que transcurre, es mucho tiempo para un perro) los caniles de Bromatología tengan sus puertas abiertas y se convierta en un servicio en favor de los animales mientras esperan una familia adoptante.
Agradezco esta posibilidad de expresarme con la esperanza de que algún lector se sume a esta campaña de búsqueda de tránsitos. No siempre se tiene un lugar disponible pero ya se está colaborando con la difusión de la problemática y tal vez encuentre un familiar, un vecino, que quiera y pueda dar tránsito o adopción.
Gracias. Cordialmente

Norma Rodríguez
DNI 12059174

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