17 de noviembre de 2008

Locales

Locales. “Me retiré del delito: es la primera vez que estoy preso siendo inocente”

Texto: Juan Storani
Fotos: Raúl Cabrera

Ya contabiliza 20 años preso, lapso en que purgó varias condenas y procesos. Pasó por todas las cárceles de la provincia de Buenos Aires. Probó las drogas en una unidad penal y no en la calle, donde sí aprendió a robar, a los 14 años. No obstante, asegura que enterró la adicción y promete que jamás volverá a delinquir.
Hoy, aquel hombre que encapuchado entró a robar y terminó matando, se muestra en la vitrina de los arrepentidos. Su buena conducta y experiencia en la vida carcelaria, lo erigieron como coordinador –no le gusta la palabra “jefe”- del Pabellón Colectivo Nº 2, en la Unidad 37 de Bárker. Su rol es la “limpieza”, y no precisamente la del haragán y el trapo de piso. El cuida que los 69 reclusos habitantes de la dependencia común (no tiene celdas) mantengan la tranquilidad relativa, fomenten el respeto mutuo y la “no violencia”. Y hasta admite que el desacatado pierde, porque recomienda su expulsión del pabellón. “Hay gente que trabaja, que necesita descansar, y por momentos tiene que haber silencio. Acá tratamos de que no haya ´fierros´ (facas, cuchillos caseros) y que no se lastimen”, fija como mandamiento este interno que se ganó un espacio de liderazgo entre sus pares.
Julio César Paz (44) tiene un desafío inmenso. Lograr que, tras protagonizar dos asesinatos, la Justicia le crea su inocencia en un asalto ocurrido el 3 de junio pasado, en Chacabuco al 300. Esa salidera bancaria, que incluyó un tiro en el cuello al vecino Rubén Sansoni, lo depositó nuevamente en el infierno del que, de una vez por todas, se creía despedido a fuerza de trabajo decente.
Mientras implora a la Fiscalía General de Azul, donde recusó oficialmente al fiscal Gustavo Morey por “negligencia procesal y ocultamiento de datos”, que haga lugar a una denuncia que formuló recientemente y se allane su excarcelación. Incluso por sus propios medios, y con limitaciones, investiga si este “garrón” que dice estar sufriendo en realidad tapa la presunta implicancia de un policía en el atraco, “que quizás actuó como entregador”, especuló. Asimismo, adjudicó su detención a la “imparcialidad” de los funcionarios del Poder Judicial de Tandil, que –según él- “la hacen fácil guardándolo a Paz, aunque sea inocente”.
Al momento del robo a Sansoni, “yo estaba en lo de mi sobrino, y consta que estuve en el Patronato de Liberados donde firmé como todos los meses (por su beneficio de libertad otorgado en el caso Juan Cano). Incluso el fiscal dice que fui al Patronato como coartada para estar cerca del escenario del episodio. Imposible que yo haya estado en el lugar del hecho. Sin embargo, no atendieron mis pruebas”, se defendió.
“Si la Justicia hace las cosas bien tengo que estar libre mañana. Desde que salí de la cárcel hasta que me detuvieron en la Zinguería Tandil (propiedad de su cuñado) estuve trabajando. Tengo mi pasado, pero todos saben que cumplo a rajatabla mi postura de no volver al delito”, alegó. También se quejó porque “presionaron a mis testigos y mi familia diciendo que mentían”. “Le pido a la familia Sansoni que diga la verdad”, agregó.
Paz luego dijo tener tantos antecedentes policiales en sus espaldas que desde el Poder Judicial, “cualquier cosa que necesiten para tapar un agujero estoy yo. Hay un montón de robos en Tandil: por ejemplo, algunos se vienen de afuera, alquilan una cabaña con la familia, roban y se van. El operativo cerrojo dura un día, los tipos esperan y rajan tranquilitos”, describió sobre un modus operandi que –a su entender- está detrás de varios sucesos policiales que conmovieron al distrito en el último tiempo.
“Nunca mostré la cara para delinquir y se me acusa de un asalto en pleno centro a cara descubierta”, marcó el entrevistado como supuesta contradicción. “A mí todos me conocían por nombre, pero no el rostro. Incluso trabajé en un country de la ciudad pero mintiendo a la hora de identificarme, porque si no, no me daban el puesto”, reconoció.

La adolescencia en Villa Laza
Paz tiene una mujer, es padre de 3 hijos y abuelo de un nieto. Su madre era soltera, y se crió “guacho” (solo) en su casa de Moreno entre Uriburu y Pellegrini. Luego se mudó a Villa Laza. Acaso la vecina “Tita” Sierra fue la única que supo cobijarlo en su solitaria infancia. Allí la “rebeldía y ambición”, mezcladas con la pobreza que arrastró desde siempre, jugaron como caldo de cultivo de la inserción en el ilícito. En la nota con este Diario, rememoró su debut en el robo. Era la ex metalúrgica “Tandilfer”, donde los pibes juntaban fierro para ganarse unos pesos, algunos se sacrificaban, y otros, los sustraían. Paz era de los primeros, pero luego se tentó por pasarse a las filas de los otros. “Ojo, de esto se entra y sale cuando uno quiere, aunque a veces el sistema te lo impida”, alertó.
Más tarde el entrevistado recordó su primer contacto con los estupefacientes. “A la droga la probé en cana. Tenía un familiar drogadicto, fumaba marihuana y tomaba cocaína. Iba a su casa y jamás la toqué. Pero al entrar en la cárcel, hay gente buena y mala. La buena te aconseja que la droga es lo peor. Cuando me arrestaron en 1985, los internos te enseñaban que la vida del delincuente es muy difícil, porque mientras estés en la calle ibas a disfrutar el botín, pero preso sufrís vos y tu familia. En la cárcel, el 80 por ciento es adicto. Se perdieron todos los códigos. Antes entrabas a una cárcel y te recomendaban que llames a tu familia enseguida. Ahora entrás y lo primero que hacen es mirarte la ropa para ver si te la pueden robar”.

“En la cárcel el riesgo de muerte es constante”
El Penal de Bárker, de mediana peligrosidad, cuenta con una población de entre 500 y 600 internos, los que tienen un abanico importante de actividades laborales, culturales y educativas para realizar. Sólo el 15 por ciento de los reclusos posee condena firme.: el resto, está con preventivas y procesos en marcha.
Un día en la vida de Paz empieza a las 7, cuando se levanta para trabajar. De oficio es zinguero y techista, pero cuentan que además sabe de electrónica.
De religión católica, cree en Dios “pero no en el Gauchito Gil” y todos esos santos populares del ámbito carcelario, aclara.
“El riesgo de muerte en una cárcel es constante”, respondió a este Diario mostrando una importante cicatriz en el cuello, testimonio fiel del puntazo tumbero. Sus estadías en Alvear, Azul, Florencio Varela, Sierra Chica, Dolores y Mar del Plata, lo hicieron sabedor de los peligros cotidianos.
“Odio la injusticia, siempre trato de estar del lado del débil. Una vez estaban ´caranchando´ a un pibe con arpones y me metí. Seis meses después, cuando iba a recibir una visita, me respondieron”, dijo al recordar la herida con que le pagaron su intervención en una pelea a priori ajena.
Paz agregó: “yo me considero retirado del delito más allá de esta chanchada que me están haciendo”, se volvió a quejar con relación a la causa que lo hizo retornar a una unidad penal.
Finalmente, trajo a colación otro instante difícil de su vida: cuando intentó suicidarse en la comisaría Primera, tras ser atrapado por el caso Sansoni. “En mi cabeza tenía un futuro que con una lapicera lo destruyeron en un instante. Me explotó la cabeza, nunca me había pasado, porque es la única vez que estoy preso de garrón. Las otras veces, estuve cerca o en algo estaba metido, pero en esta nada”.

El relato de un crimen en primera persona
Nunca Julio Paz relató públicamente y con detalles su versión sobre el asesinato del productor papero tandilense, Juan Cano, en agosto de 1998. Pero decidió romper el silencio, y revivir aquel luctuoso final que dejó perpleja a nuestra ciudad.
“Voy a hablar porque quiero que la gente se saque la venda que tiene en los ojos. Fuimos a robar pero en mi caso, nunca quise una desgracia. Cano era un león y reaccionó de la peor manera. Aunque sé que yo estaba haciendo algo que no debía, la situación (durante el asalto) estaba normal. Los otros (víctimas) iban tranquilos. Los llevábamos para una oficina. Yo iba caminando de frente a Cano, me tiró una trompada y caí. Al pararme, le di un disparo en el pie. Luego se me tiró encima, y ambos (ladrones) tiramos. Eran pistolas 9 mm., muy rápidas. Pese al juicio, nunca tuve claro si fui yo. Fue una reacción instintiva, no hubo fusilamiento como se dijo. Por desgracia para la familia y para mí sucedió lo que nunca debió haber sucedido. Yo quedé congelado en el lugar, si (Fernando, el otro condenado por el crimen) Serra no me pega una cachetada, yo pierdo en el hecho”.
Más tarde señaló que “esa secuencia la tendré en mi cabeza toda la vida. Si me cruzo en la calle a la familia Cano y me increpan, agacho la cabeza y sigo. ¿Qué explicación le podés dar a una persona a la que, por error, accidente o lo que sea le mataste un familiar?”.
Posteriormente, aludió al otro homicidio en su haber, ocurrido en Ayacucho, donde “era la víctima yo y lamentablemente, quien venía conmigo mató a la persona. Al parecer, me estaban apuntando a mí, pero no quiero hablar de eso, porque la investigación todavía no está cerrada”.

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