31 de agosto de 2011
Por Marcos Vistalli
El boxeo es un deporte que tiene un sinfín de aristas. Es probadamente el deporte de los pobres, el de los poco instruidos, que encuentran en esa actividad la única salida para abandonar su precaria situación. Si es tomada como un trabajo y se practica con sacrificio, seriedad y dedicación no sólo puede llevarlos a un buen pasar sino también, como a muchos, a ser hombres de fama y fortuna.
Otra faz, es que el verdadero boxeador, no el que simplemente pelea en un ring, asimila este deporte con una carga de nobleza indestructible a la vez que se inserta dentro de la sociedad, esa que miraba lejana cuando de chico jugaba entre el barro, con las zapatillas rotas, si era que tenía, con la cara enchastrada y las manos mugrientas. Porque aprendió que su cuerpo es su herramienta de trabajo, su arma de ataque y su escudo de defensa y entonces ordena su vida, sus horas de sueño, sus comidas, aprende a higienizarse y con gran sacrificio sabe cuando la juerga está al alcance de la mano y debe dejarla pasar.
Dee Dee, era el entrenador de un gimnasio en un ghetto negro de Chicago, tal vez él haya sido quién pronunció la frase más acertada para el boxeo -en un barrio donde las madres enviaban a sus hijos de diez años al gimnasio porque era la salvación para que no estuvieran en la calle entreverados en riñas o vendiendo drogas-: “Por cada chico que viene al gimnasio hay un calabozo que queda vacío”, sentenció.-
No menos interesante es lo que expresó Pinklon Thomas, campeón mundial de la WBC en 1985: “El boxeo me ha sacado de mi agujero y ha hecho de mí una persona valiosa. Sin él, estaría vendiendo heroína, muerto o en prisión”.
En la vereda de enfrente están los que descalifican al boxeo, mirando todos los malos ejemplos que –para que negarlos- los hay de a puñado. El error es endilgarle los males a ese deporte, cuando en realidad los culpables de las sinrazones y de la mayoría de las tragedias que suceden, son producto de las maniobras de los inmorales, de los deshonestos y escabrosos individuos que al final no son más que delincuentes encubiertos que logran moverse dentro del ambiente.
Hoy el boxeo vive una de sus etapas más oscuras a pesar del “glamour” de los grandes escenarios. Hay un montón de campeones fabricados para llenar las arcas de entidades que día a día van perdiendo prestigio al transformarse en empresas recaudadoras cambiando según les convenga las reglas e inventando cinturones y títulos que nada tienen que ver con la sana competencia. Eso pasa en el mundo visible. Pero también está el invisible. El que se está descubriendo y que nadie hubiera imaginado. El de las peleas clandestinas para fabricar récords, que se hacen entre cuatro paredes, fuera de toda reglamentación, tan aberrantes como las riñas de gallos o las peleas de perros. En un ring antirreglamentario, sin protección en el piso y con dos laterales sobre las paredes (como en el caso de esta riña), sin médico, sin ambulancia sin jurados, sin público. Dos peleadores, un referí y algún curioso. Seguramente luego, cuando se necesite, esa lucha encubierta será subida a algún record, seguramente en boxrec.com para terminar embaucando a promotores ilusos, a rivales poco avisados y al público en general. Un mecanismo casi animal para acercar al boxeo a la estafa.
Para mancha enorme de nuestro boxeo que ha tenido un rico historial, ya es la segunda vez que en uno de estos videos de boxeo demencial aparece combatiendo Sergio Escobar. Una de sus peleas truchas está subida como oficial en la página pirata de récords (boxrec.com), y ahora, en cuanto la necesiten, aparecerá esta nueva versión de Escobar con su palmarés engordado y mostrarán ese indignante video como garantía de que se realizó. Porque no hay que ser tan ilusos y pensar que se han liado a golpes nada más que por darle el gusto al promotor de toda está basura; a Marcelo Di Crocce.
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