3 de agosto de 2011
Por Marcos Vistalli (mvistalli@hotmail.com)
El sábado pasado hubo boxeo por televisión con la promesa de dos combates por esos detestables títulos denominados regionales que son para que las entidades putrefaccientes de los valores que significa la palabra “campeón”, sientan como caen alegremente en sus arcas las monedas producto de los falsos cinturones.
En la principal de la noche Javier Francisco Maciel, apodado “La Bestia” con 19 triunfos y trece de ellos por nocaut se enfrentaba al invicto noqueador, nueve ganadas con nueve fuera de combate, el brasileño Jonata Daniel de Oliveira.
El “temible” noqueador visitante, llamado “Maloqueiro” cayó redondo como si lo hubiera aplastado un piano ante las manos de “La Bestia” a poco de iniciado el primer round. Indagando, al saber quién lo trajo de su Santa Catarina natal, pocas dudas nos quedan de que era un paquete con moñito y todo con un record inventado o con sus triunfos a manos de ignotos o desvencijados pugilistas.
En el otro interesante combate “La Joya” como se lo llama a Diego Gabriel Chávez tuvo por rival a Eduardo Flores, número uno de Ecuador en la categoría welter quién para no ser menos también tiene su apelativo: “El Cheíto”.
Venía de combatir con el ex campeón del mundo Carlos Baldomir en un pleito de diez rounds donde cobró junto con el aguinaldo por adelantado durante todo el combate. Lo que demostró en esa confrontación fue que tenía una capacidad notable para recibir castigo.
En esta oportunidad “La Joya” comenzó castigando duramente desde el primer round. No había lugar en su rostro ni en su cuerpo donde los fuertes impactos del argentino no hicieran blanco. Increíblemente, a pesar de la puntería con que la izquierda taladraba sus partes blandas y la derecha se estrellaba contra el mentón, el valiente ecuatoriano seguía en una desigual lucha en inferioridad de condiciones aeróbicas, con los reflejos notoriamente disminuidos e impotente al no poder concretar ninguna maniobra favorable. Todos los rounds eran indiscutidamente ganados por el argentino. A partir del séptimo round la superioridad de Chávez se transformó en una carnicería. Por primera vez el ecuatoriano trastabilló ante una certera derecha a la cara y siguió estoicamente recibiendo abundante castigo, al punto que Chávez debía hacer pausas para retomar aire y seguir golpeando. El octavo era innecesario, ya no era boxeo, fue un round de dos puntos para Chávez, la despiadada paliza hizo pensar que al llegar al rincón todo terminaría y, así parecía pues daba la sensación de que el boxeador no quería seguir y el médico, Dr. Rodríguez Papini recomendaba su retiro. Al tañido del gong los segundos, insensibles e irresponsables, le pusieron el bucal y lo mandaron al centro del ring. Unos pocos golpes más de “La Joya” y ocurrió lo mejor de la noche; el árbitro Jorge Basile con excelente criterio, humano y profesional detuvo la justa en la que el ecuatoriano iba candidato a ser enlatado como picadillo de carne. No hubo ninguna necesidad de llegar a ese extremo. No es necesario que un boxeador deje sus huesos sobre la lona para que se determine el final de un combate. La razón de la sinrazón estuvo en la esquina del ecuatoriano, dos irresponsables a los que la salud del boxeador les importa menos que el régimen de lluvias en Filipinas.
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