28 de abril de 2011
El próximo sábado a las 21 se podra ver en la Biblioteca Rivadavia, una de las grandes películas de la cinematografía universal “Sed de mal” con las actuaciones sobresalientes de Charles Heston, Janet Leight y Orson Welles, a quien pertenece tambien la dirección. La entrada será libre y gratuita.
"Sed de Mal" es, ante todo, el cine barroco por excelencia. La sucesión de planos interminables, contrapicados imposibles, luz expresionista al máximo y travellings que parecen no acabar nunca, demuestran que para Welles "el cómo" contar las historias es igual de importante que la trama en sí.
Pero el espectador cinéfilo, que no se cansa de ver una y otra vez esta gran película, y al que le gusta seguir la cámara y ver lo que tarda en cortar el plano o cuánto dura un travelling, puede que le resulte excesivo este alarde de técnica e incluso perjudique en algún momento a la acción en sí.
En efecto, cuando el policía mejicano Vargas (Charlton Heston) conduce su automovil acompañado de un funcionario estadounidense, es normal perderse los diálogos si se atiende al complejo y larguísimo plano tomado desde el capó del coche que muestra las estrechas calles de esta agobiante ciudad fronteriza.
No puede decirse lo mismo del arranque, donde da lo mismo perderse los créditos para contemplar admirados uno de los mejores (¿El mejor?) plano-secuencia de la historia del cine.
Por otro lado el film es también una crítica-venganza-revancha contra los elementos de poder "yanquis", claramente representados aquí por un enorme Welles, casi un gigante gracias al efecto de los contrapicados.
Este policía corrupto no duda en "colocar" pruebas falsas contra sospechosos que interesa convertirlos en culpables o conspirar con gangsters de la zona para enredar a la mujer de Vargas (Janet Leigh) en un asunto de tráfico de drogas.
Resulta algo más que sospechoso el final cuando Marlene Dietrich intenta redimirlo. Es sabido que la película, como casi todas las de genial director, fue cortada y manipulada por los productores.
Por cierto la presencia de la Dietrich, caracterizada como en sus más lejendarias películas, se antoja más un homenaje a la propia actriz y a Von Sternberg que una exigencia del guión.
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