19 de marzo de 2011
Se preveía una jornada clave. Así lo evidenciaban los intentos de la defensa por impedir que un testimonio que resulta clave en la pesquisa compareciera, con planteos que hacen a su posible situación procesal, habida cuenta que quien tenía que declarar era nada más y nada menos que quien por circunstancias que luego se develarían convivió con lo que son sindicados como integrantes de una organización delictiva, y en consecuencia, podía autoincriminarse.
Se trató del testigo Julio César Sánchez, amigo personal de Gustavo Temudio -uno de los imputados-, quien en la instrucción confesó que convivió con los acusados y dio pormenores sobre el modus operandi de la banda. Quiénes la integraban, qué roles cumplía cada uno de ellos, cómo se realizaban las operatorias, cómo llegaba la droga y cómo la fraccionaban para distribuirla.
Algo de eso ayer ratificó en el tercer capítulo del juicio oral y público por el caso “Movediza blanca”. Otro tanto se mostró olvidadizo, huidizo y por momentos contradictorio a los dichos que ayer se habían plasmado en varias fojas del groso expediente. Empero, bastó para que sus dichos resultaran creíbles y, a partir de dicha credibilidad, la suerte procesal de varios de los acusados esté extremadamente complicada, al menos que en el próximo capítulo, el lunes venidero, a la misma hora y en el mismo lugar (Sala de Acuerdos del Tribunal Criminal Nº1) testigos aportados por las defensas cambien una ecuación que, hasta aquí, cierra a favor de los intereses del ministerio público.
NUEVOS REPAROS
El Defensor oficial, Diego Araujo, volvió a insistir en un planteo de nulidad frente a la situación del testigo, considerando que a partir del testimonio del oficial Pérez surgió que Sánchez cumplió determinado rol dentro de la organización (las veces de mula). Ergo, debió ser perseguido por el delito que cometió y el ministerio público omitió hacer.
Así, argumentó jurisprudencia al respecto, como así también citó la propia ley de drogas, que alude a determinadas figuras para encuadrar el papel de Sánchez. Por ejemplo se prevé disminuir la pena a imponer, incluso absolverlo, o tomarse de la figura del arrepentido. Su petición volvió a colisionar con el criterio del Tribunal, que bajo los mismos argumentos rechazó al planteo. Para los jueces en su declaración se valoraría su situación y, se subrayó que no debían plantearse preguntas que hicieran autoincriminarse al mismísimo testigo.
Terminado el entuerto jurídico, se retomó el desfile de testigos. Algunos de ellos quienes fueron requeridos para ser testigos de los allanamientos. Luego se sucedería lo importante, la palabra de los remiseros.
En efecto, Jorge Fiascheti, que desde su trabajo de remisero tomó contacto con Temudio y con él hizo una larga lista de recorridos, entre ellos, se presumo, varios vinculados a la entrega de estupefacientes.
Sin embargo, el testigo poco aportó a la hipótesis acusatoria. Aceptó a regañadientes inferir que tenía una sensación sobre lo que hacía Temudio, pero no mucho más. Lejos de aquella frase que fuera plasmada en el expediente en la que el propio imputado le afirmaba a qué se dedicaba.
EL TIEMPO DE SANCHEZ
Sánchez, con ciertas limitaciones a la hora de expresarse, en buena medida por la incómoda situación que le tocaba en suerte pasar, ahora frente a los jueces y, detrás, a quienes en definitiva los terminó complicando en su situación procesal, replicó en parte lo que en la instrucción había declarado.
Obvió algunas situaciones concretas y que resultaban contundentes, como detalles que había descripto sobre cómo fraccionaban la droga, a qué domicilios concurría y los nombre en su momento citados, pero a grandes rasgos dejó un relato creíble, dentro de las posibilidades que el interrogatorio permitía habida cuenta que el testigo no podía autoincriminarse.
Habló de su amistad de 30 años con Temudio y que a principios de 2007 se enteró que ésta había comenzado a vender estupefacientes. Que para el mes de septiembre aproximadamente el declarante se quedó sin trabajo y Temudio le ofreció un lugar para dormir, ya que Temudio junto con otros miembros de la organización alquilaban casas por día para hacer las transacciones de droga, a lo que el testigo en ese momento, desconociendo toda esa situación, aceptó.
De su relato se desprende que desde ese momento comenzó a relacionarse con algunos de los miembros de la organización como también con los clientes personales de Temudio.
Narró claramente que la organización estaba conformada como cabeza a un sujeto de nombre Gustavo alias El Gordo (sería González), oriundo de una localidad del conurbano, a quien lo sindica como el organizador y coordinador de la banda. Era quien adquiría la droga en Buenos Aires y luego la mandaba a Tandil por intermedio de dos mulas, a quienes él conoció como el Rey y Dani, ambos de nacionalidad paraguaya, quienes se encargaban de repartirla a los dealers o punteros, entre los que se encontraba su amigo Temudio, quien era el más importante de los punteros y a quien le entregaban la mayor cantidad de estupefacientes.
De todas maneras también señaló a otros como el que apodaban Perico, Tito, el “Gallo”.
Reseñó que las tizas que él vio (cilindros de unos 5 centímetros de lago y uno de diámetro, que venían envueltas en nylon o cinta de embalar) eran traídas por Rey y Dani.
El testigo contó que en algunas oportunidades arribó a la ciudad el Gordo Gustavo que se alojaba en alguna de las viviendas, pero con su familia.
Interrogado sobre sus circunstancias personales y por qué no denunció lo que había vivido y visto, dijo que estaba en una situación muy delicada. Reconoció su adicción el alcohol, que vivía borracho, estaba sin trabajo, entonces Temudio le ofreció techo y comida -y bebida- a cambio que lo llevara en su auto a distintos recorridos, por lo que aceptó sin preguntar demasiado sobre lo que hacían.
Hasta que en una oportunidad se quedó durmiendo en su coche, en la calle y lo vio su hija, quien finalmente lo rescató, lo llevó a su casa y empezó a separarse de aquellas juntas. Ahora está en otra provincia, con trabajo, encausando su vida, tratando de salir del alcoholismo.
“No podía hacer nada, tenía miedo”, respondió ante la insistencia de uno de los defensores sobre su accionar.
Quedó de manifiesto -a favor del ministerio público- que el testimonio en cuestión no resultó “armado”. No fue guionado para la ocasión y así interesadamente hacerlo “zafar” del delito que podía cometer. A todas luces se trató de un hombre con serios problemas personales, que vivía en su propia desidia, abandonado, alcoholizado, y que evidentemente fue utilizado por la presunta banda para realizar distintas operaciones.
En cuanto a sus contradicciones, omitió algunos nombres que sí antes había citado en la causa, dejando así la puerta abierta a los intereses de algunos de los defensores sobre sus respectivos representados.
Preguntado sobre la presunta comercialización, dijo no haber visto ninguna transacción comercial específica. Sí que en el departamento había droga y también mucho dinero.
Así las cosas, tras largas horas de interrogatorio, Sánchez dejaría la sala de audiencias, dejando flotando en el aire que a su “ex amigo” Temudio lo complicó y mucho en su situación procesal como otros tantos de los acusados. Algunos otros, en tanto, respiraban algo aliviados, entendiendo que aquel testimonio que surcó toda la jornada del juicio no los había dejado “tan pegados” como se presumía.
El lunes se reanudará el debate, tiempo de nuevos testigos aportados por la defensa. Sólo resta esperar el tiempo de los alegatos y que luego el Tribunal disponga cuándo ventilará su veredicto.
Las defensas
Consultadas las defensas tras el clave testimonio, evidenciaron sensaciones diversas. Desde aquellos que entendían que, como había llegado la causa, la situación de sus representados estaba más aliviada, a los que admitían con crudeza que será archicomplejo torcer la hipótesis fiscal.
Sí se coincidió en que lo de Sánchez fue toda una declaración autoexculpatora, que defirió mucho de lo que había dicho en la declaración que figura en el expediente. Que quedaron difusos los roles que oportunamente supo endilgar, como así también los domicilios.
De todas formas, se reconoció que de sus dichos ubica a todos como partícipes de lo mismo, aunque nunca vio comercializar.
En tren de admitir, también se reconoció que se trató de un hombre con serios problemas personales, que no fue inducido a declarar contra los acusados para favorecer su situación. Léase, un testigo creíble más allá de su incómodo rol que jugó en aquellos meses de 2007.
Comentarios
0Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales.
Iniciá sesión para dejar tu comentario
Iniciar sesiónCargando comentarios...
Denunciar comentario