26 de octubre de 2011
Ayer se realizó un juicio oral y público que perseguía como propósito definir la responsabilidad penal de quien arribó a la audiencia al banquillo de los acusados, imputado de robo calificado y lesiones graves.
Se trató de un hecho sucedido en las primeras horas de la mañana del 14 de noviembre de 2008, cuando Victoria Roxana Calvo salió de su casa en bicicleta rumbo a su trabajo y se acercó una camioneta que se le puso a la par, cuando uno de los ocupantes salió de la ventanilla de la cabina con medio cuerpo y le quiso arrebatar su mochila. La mujer se resistió y fue arrastrada en medio del forcejeo, por lo que los sujetos se fueron raudos en la misma con la marcha de la pick up, dejando tendida en el piso a la víctima, quien sufrió severas lesiones en uno de sus brazos. Heridas que demandaron su intervención quirúrgica y posterior rehabilitación por unos unos 10 meses de reposo.
Hasta aquí el relato conciso del hecho ventilado, por el cual se arribó a juicio con la imputación de Cristian Baraco, quien se iba a sorprender como el resto de los protagonistas de la audiencia cuando finalmente el fiscal, Luis Piotti, resolvía desistir de la acusación al considerar que se habían caído las prueba de cargo que, en efecto, habían permitido arribar a esta instancia.
En efecto, las principales pruebas contra el acusado que habían sustanciado la instrucción y derivó en el juicio, devenían del reconocimiento que la víctima y un par de testigos presenciales del hecho, que ahora, frente al juez Guillermo Arecha y a escasos metros del acusado, rectificaron sus dichos. El sujeto que estaba sentado allí no era el que ellas dijeron reconocer en rueda de reconocimiento hace un par de años atrás.
“Era rubio, de tes blanca”, dijo la víctima acerca de sus recuerdos sobre quien le produjo aquellas lesiones que aún no le perturba sus días, visiblemente nerviosa, incluso fastidiosa de tener que comparecer en el caso que, en definitiva buscaba dilucidar, esclarecer sobre quien pesaba la imputación por lo que ella había sufrido. Quien estaba allí sentado como imputado nada tenía que ver con aquella descripción. Era -es- morocho y de tes morena.
La sorpresa fue ganando la escena de una desolada sala de acuerdos, en la que el ministerio público, y por momentos el juez también, intentó hurgar en la personalidad de la víctima para que sus dichos se comparezcan con sus señales corporales. Claramente, el fiscal y el juez creyeron que el “miedo” se había ganado de la mujer para comparecer cerca del acusado, considerando que lo que decía era un relato excusador que le permitiese salir lo más rápido de la sala y terminar con una historia que si bien le marcó literalmente su vida por la lesión, prefería cerrar, y tampoco encerrar tras las rejas a quien en definitiva estaba sospechado del caso por su propios dichos hace dos años.
“Aquel día me pareció que era, pero no es este hombre que está acá”, se excusó. “No sé mi dijeron que eran los Baraco”, soltó sin pensar que esa frase le podría valer al fiscal para insistir en si había sufrido alguna amenaza o tenía miedo de esa familia.
La mujer lo negó sistemáticamente, a pesar que el propio magistrado buscó persuadirla de la necesidad de que dijera la verdad. La mujer se retiró con su verdad finalmente de la sala.
Antes, incluso se sucedió casi una charla informal entre el juez y la testigo víctima. Cuando se levantó de la silla Arecha le dijo que la intención no fue presionarla a ella, todo lo contrario, pero que notó que no quiso colaborar para que se hiciera justicia. La mujer asintió sobre las pocas ganas de estar donde estaba, pero luego incluso intercambió un diálogo con, a esas alturas, falso acusado, pidiéndole disculpas. “Perdoná por hablar de los Baraco así, pero eso me habían dicho, yo no te conozco”, dijo la mujer, a lo que mansamente el imputado le dijo: “está bien señora, yo vine acá para que se aclare todo”.
Después llegaría el turno de otra testigo presencial de la violenta escena, quien caminaba por esas horas por esa cuadra y dijo ver también al sujeto que sacó su torso desnudo por la ventanilla de la camioneta e intentó arrebatarle la mochila a la mujer. La mujer testigo también había reconocido al presunto autor del robo. Ahora, en la audiencia, dijo que el que estaba allí no era.
Otra vez el fiscal y el juez se esmeraron en tratar de hacerle entender sobre la importancia de su testimonio y de decir verdad, sobre todo cuando la mujer dejó en claro severas contradicciones en su relato. Arecha le hablaría nuevamente de los gestos corporales que evidenciaban su temor por estar en la sala. Para más datos, la mujer cuando ingresó a la sala miró al acusado -a quien conoce del barrio- y se mordió el labio inferior y soltó un largo suspiro, clara señal de su miedo e incomodidad de estar donde estaba.
Sin más por aportar, la mujer también soltó tras el interrogatorio del juez que había conversado con la víctima en el pasillo de la antesala del Tribunal y la propia víctima le había expresado su escaso, sino nulo interés en pasar por esta situación. Que el tema ya no le interesaba...
Así, sin mucho más por hacer, el juez ordenaría un cuarto intermedio para darle tiempo al fiscal que ordene sus ideas. Estaba claro que la historia estaba cerrada, dilapidada para la acusación. Pasaría luego otra testigo con igual suerte y la frustración del ministerio público derivó en su última intervención, resolviendo desistir de la acusación al no contar con la prueba de cargo que lo trajo hasta aquí con la convicción de estar frente al responsable del robo callejero. Baraco se iría de la sala libre de culpa y cargo, tras dos años de estar procesado por un delito que, al decir ahora de quienes lo habían incriminado, no había cometido.
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