28 de marzo de 2011
por Hugo E. Grimaldi (*)
Tres millones de lectores de Clarín y doscientos mil del diario deportivo Olé se quedaron este domingo con las ganas de hojear sus medios gráficos preferidos, por culpa de un piquete apostado en la puerta de los talleres que los imprime, que impidió su circulación dominical en nombre de un reclamo sindical.
En este caso, no se trata solamente del indeclinable derecho a la libertad de comercio que tiene la empresa que edita ambos medios o la de los distribuidores y kioskeros, ni mucho menos el que le asiste a los periodistas que expresan allí sus ideas sin la guillotina de la censura previa, todos fundamentos resguardados por la Constitución Nacional, sino esencialmente la libre posibilidad que tienen los ciudadanos de elegir la publicación que más los conforma.
Este ha sido en todo caso el derecho que tendió a resguardar por encima de todos los demás el fallo del juez civil Gastón Polo Olivera, quien el 2 de enero de este año prohibió la reiteración de los impedimentos a la circulación y notificó a la ministra de Seguridad, Nilda Garré la necesidad de desactivar esa metodología, entendiendo que el eventual derecho a manifestarse no puede cercenar el derecho a informar y a ser informado.
Demás está decir que la funcionaria y las fuerzas de seguridad, que de ella dependen, poco y nada hicieron para terminar con la protesta que taponó la planta impresora durante 15 horas, en una metodología de mirar para otro lado similar a la que las autoridades nacionales llevan a cabo en el caso de la toma de edificios en el Bajo Flores, donde se ha desobedecido sistemáticamente la orden de un juez federal por motivos políticos.
Todo indica que el momento para realizar el piquete callejero, la madrugada del domingo, estuvo especialmente elegido para trabar la circulación de los dos medios -junto a impedimentos parciales a la distribución del diario La Nación- y para hacer un mayor daño económico en la jornada en que los diarios más ejemplares venden.
Pero más allá de los derechos que invocan quienes protestan por despidos sobre los que deberá expedirse la Justicia, quienes promueven y consienten este tipo de acciones no terminan de entender por qué motivo los productos del Grupo Clarín son tan requeridos. Por eso, buscan, a cómo dé lugar, hacer callar a los medios de ese conglomerado para impedir en el fondo que se manifieste la elección diaria de los lectores, oyentes y televidentes, ya que la ideología que los rige les impone una aversión manifiesta a las preferencias que surgen de las libertades individuales.
Mal que le pese a muchos que buscan golpear a Clarín, es la libertad del público la que se vuelca claramente hacia sus productos en materia gráfica, mientras Canal 13 pelea palmo a palmo todos los meses con Telefé el tope del rating televisivo, TN le gana a todos los demás canales de información, Radio Mitre se acerca cada vez más a Radio 10 y la FM 100 está primera en el gusto de los oyentes.
No parece especialmente republicano que quienes se regodean con la situación, o peor aún, quienes no dicen nada por ideología o por temor, luego busquen hacer creer que son defensores de la democracia como método de la alternancia política.
Quizá muchos del palo de la intolerancia que deriva del pensamiento único, metodología que termina por destruir las instituciones, no se hayan dado cuenta todavía, pero las elecciones, tal como se las conoce en la Argentina, resultan ser todavía en estos tiempos de tanta demonización, la más cabal representación política del mercado.
(*): DyN.
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