24 de junio de 2011

Espectáculos y sociales

Espectáculos y sociales. Las Boleadas

Rincón Tradicionalista
Por Ernesto R. Sangineto“Un país que no respeta sus costumbres y tradiciones condena a muerte su nacionalidad”

En eso de andar investigando, leyendo o escuchando relatos de viejos paisanos, sobre el tema que hoy nos ocupa, dado que creo que hoy por hoy sería harto difícil organizar un evento que fue en épocas pretéritas una de las mas osadas y gauchas expresiones de habilidad con las boleadoras y el lazo, destreza de a caballo y conocimiento campero en el arte de la cacería, que como dije antes fue practicada hace ya muchas décadas por hombres de nuestro campo que vivían para tal fin.

Era el boleador, un personaje solitario, que vivía a campo al mejor estilo de los “matreros” o sea durmiendo sobre el recado y tapándose con un “bendito” cuando le llovía, armado con ijares o algún cuero vacuno que lo protegía de las inclemencias. Cazador empedernido y conocedor de todos los movimientos de los animales silvestres, venados, gamas, guanacos, ñandúes, pumas, yaguaretés, vacas alzadas y yeguarizos, caían enredados en sus potreras o ñanduceras, diferentes tipos de boleadoras de mayor o menor tamaño de acuerdo al tipo de caza, puesto que todo lo que caía en los cercos, era sacrificado sin piedad, para obtener cueros o plumas, quedando en general la carne salvo algunas “delicadezas” como las lenguas o lomos de los vacunos para consumo de los cazadores, tirada en el campo para beneplácito del todo el bicherío carnicero del desierto, que se hartaban de comer todo este despilfarro que quedaba en la huella de la boleada.

El hombre del desierto, respetaba a este en sumo grado, pues ejercía sobre el un profundo respeto y a la vez una especie de superstición, sobre los poderes de la tierra, que se tragaba a la gente que no respetaba sus códigos, al quedarse a pie, perder el rumbo, los tremendos calores, la sed, el frío intenso y demás males que se compensaban, con los bellos amaneceres, sus flores y todo el esplendor de la planicie.

Tenían las boleadas, reglamentos para su realización, que aunque no estaban escritos, todos los participantes conocían y respetaban a rajatabla. El organizador que realizaba el envite a los boleadores de la zona (participaban 10, 20 y hasta 100 hombres) era generalmente un paisano de reconocida capacidad entre sus pares, que respondía por la vida e integridad de sus compañeros y que conocía a la perfección el territorio, aguadas y senderos que los acercarían a la caza y mantendrían a la vez lejos del indio, enemigo acérrimo del gaucho, al tener este último que adentrarse a veces varios días en las tierras de los mal llamados salvajes o infieles puesto que era el hombre blanco el que estaba invadiendo tierras que fueron propiedad de estos últimos durante siglos, para luego salir airoso con su grupo de estas patriadas, para luego cambalachear con los pulperos y acopiadores el producto de la caza.

Estas boleadas eran autorizadas por el juez de paz mas cercano de los pueblos de frontera y era firmada por este y entregada al jefe o encargado de la partida. Estos armaban un cerco en grupos llamados culateros, costaneros o punteros, los cuales ensillando con sus mejores pilchas y llevando casi siempre mas de un caballo, uno para acercarse a la zona de caza y otro (el crédito) para la boleada, tal como lo hacia el indio con su caballo de pelea, que solo se usaba en contadas ocasiones, cuando la exigencia era mucha y el jinete se jugaba el cuero en la aventura.

Se marcaban las zonas haciendo fogatas, que indicaban la posición de los jinetes y al dar la orden el jefe, el cerco se cerraba y al movimiento de estos el campo de “movía”, ñandúes, venados, guanacos y todo lo cazable disparaban en distintas direcciones, tratando de eludir el cerco, pero el gauchaje con varios pares de boleadoras, atadas a la cintura, boleaban aquí y allá largándose del montado para degollar un ñandú o aplastar la cabeza de un puma con alguna de las bolas de piedra retobada, se cuereaba y desplumaba a campo y después de algunas horas todo el grupo se reunía en el “real”, lugar prefijado de antemano, adonde se churrasqueaba y se contaban las peripecias y anécdotas de todo lo ocurrido, sobre tal o cual caballo y sus condiciones, alguna rodada con algún contuso y sobre todo el conteo de lo cazado separando cueros y atando las plumas con los tendones de las aves muertas, asando alones y picanas y alones de los ñandúes, plato favorito del gaucho.

Esto duraba varios días y hasta semanas enteras y al terminar la cacería se dividían los productos entre los actuantes de acuerdo a los compromisos contraídos de antemano según las leyes de las boleadas, un ñandú boleado por dos hombres se repartía de la cabeza al esternón para el primero que boleaba, el resto, para el otro, un cuero de yaguareté, pertenecía al que lo había muerto y no al que lo había visto o descubierto, dado el peligro de su matanza, un puma se repartía en partes iguales, por ser este relativamente más fácil de ultimar
Caballos, yeguas y vacunos que llevaran marca eran devueltos a sus dueños previa información al juez de paz que deberían pagar dos pesos de moneda corriente por cada uno, por su resuperación como una forma de rescate.

Oscurece, se apaga el fogón y la charla, los boleadores duermen envueltos en sus ponchos, cubiertos por un firmamento tachonado de estrellas, soñando tal vez con los momentos vividos, y el silbido del viento de la noche entre las pajas, el caballo atado a soga el puñal a la mano y todo un entorno que rodeaba esa vida nómade y aventurera, que nosotros hoy y no creo equivocarme, a los que nos gustan estas cosas desearíamos vivir alejados de las comodidades y los celulares para sentir la tierra junto a nosotros y depender pura y exclusivamente de nuestra capacidad de supervivencia, esas pruebas que a veces necesitamos los hombres para saber que realmente estamos vivos y nadie mejor que José Hernández para describir esa situación :
“Su esperanza es su coraje
Su guardia su precaución
Su pingo su salvación
Y vive en aquel desvelo
Sin más amparo que el cielo
Ni otro amigo que el facón”.
En la ilustración que acompaña la nota, vemos una magistral descripción de una boleada, acorde a lo que nos tiene acostumbrados Carlos Montefusco denominada “Le via sacar loj asau”.

Bueno amigos, espero les haya gustado la nota, un saludo y hasta la próxima. rincóntradicionalista@hotmail.com

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