16 de septiembre de 2026

Ciencia y región

Ciencia y región. Los parteros del pasado: la mística de hacer arqueología en el barro de la Unicen

Se viene el 18 de septiembre, Día del Arqueólogo en Argentina, y en las aulas de la Facultad de Ciencias Sociales de la UNICEN (Olavarría) late una mística que no se explica en los manuales de teoría. Hay quienes creen que la historia es un asunto de papeles viejos guardados en archivos con olor a encierro, pero en el centro de la provincia de Buenos Aires se sabe que la verdad se desentierra con las botas sucias.

María José Colantonio es oriunda de Tres Arroyos, licenciada egresada de la institución y actual estudiante de tercer año del doctorado. Ella forma parte de ese grupo de científicos que, con paciencia de artesano y cucharilla en mano, desafían al olvido. En esta charla a fondo, la investigadora se mete en el barro de una profesión que no junta objetos, sino que resucita identidades: un viaje que va desde la curiosidad de la infancia y los rituales en los cerros del norte, hasta la trinchera de defender la ciencia pública en el presente.

- Desde afuera, la Arqueología se ve como una ciencia de cosas mudas y enterradas. Pero al escucharte, parece que juegan a ser parteros del pasado: hacer nacer otra vez a pueblos que el tiempo silenció. ¿Qué fue lo que te enamoró de este oficio y en qué momento supiste que era por acá?

- Creo que lo que me enamoró de la Arqueología fue descubrir que, detrás del estudio de cada objeto, sitio o paisaje, está la posibilidad de acercarte a las formas de vida de las personas en el pasado. Reconstruir de alguna manera las experiencias de quienes nos precedieron a partir de pequeñas evidencias materiales que sobrevivieron al paso del tiempo. La Arqueología nos obliga a mirar lo aparentemente pequeño para intentar comprender algo mucho más grande.

Quizás lo más atrapante es que los objetos pueden convertirse en una puerta para conocer otras formas de vivir y de entender el mundo. Y aunque nunca podamos conocerlas por completo, nos permite hacerles preguntas, intentar buscar respuestas y, de alguna manera, volver a darles voz a quienes ya no están.

Desde muy chica sentí una profunda curiosidad por conocer y comprender a los pueblos del pasado, aunque en aquel momento todavía no sabía que aquello que tanto me interesaba tenía nombre y podía convertirse en una profesión. Yo tenía muy en claro a qué quería dedicarme. Con el tiempo descubrí que ese interés de la infancia se llamaba Arqueología. Desde entonces, esa curiosidad sigue siendo, muchos años después, uno de los motores principales de mi trabajo: busco que el estudio de esas materialidades pasadas sea un medio para acercarnos a las personas y sus formas de vida, y no un fin en sí mismo.

- Quienes caminan las aulas de Sociales en Olavarría saben que la carrera se hace con el cuerpo. Si tuvieras que rescatar una postal, un viaje de campaña que te haya marcado a fuego en tu paso por la facultad, ¿cuál elegirías?

- Si bien tengo muchas anécdotas, una de las experiencias que más recuerdo de mis primeros años en la carrera fue una campaña en el noroeste argentino, específicamente en el sitio de Tolombón, en Salta. Era la primera vez que viajaba al NOA y, desde el comienzo, significó mucho más que una experiencia académica. Quedé profundamente fascinada por sus paisajes, sus colores, su gente. Especialmente por la presencia y vitalidad de tradiciones vinculadas a los pueblos originarios que continúan formando parte de la vida cotidiana de muchas comunidades.

Participar de los trabajos en ese sitio arqueológico fue muy significativo. Por un lado, representó uno de mis primeros acercamientos concretos a la práctica arqueológica y a la formación en el campo; por otro, fue una experiencia que me interpeló profundamente en lo personal. Allí comencé a comprender que hacer Arqueología no significa solamente excavar, registrar y estudiar materiales, sino también acercarse a lugares cargados de historias, memorias y significados que continúan teniendo importancia en el presente.

Antes de comenzar la excavación realizamos un ritual pidiendo permiso para excavar. Fue muy movilizante. Implicó detenernos y reconocer que estábamos ingresando a un espacio que no era simplemente un sitio arqueológico, sino un lugar con una profunda dimensión cultural y simbólica. Esa experiencia quedó grabada en mi memoria para siempre.

- Hoy tenés el título bajo el brazo, seguís apostando al doctorado en la UNICEN, pero el territorio nacional está difícil. Investigar en la Argentina actual es casi un acto de resistencia. Con la cancha así de complicada, ¿hacia dónde apuntás y por qué es vital seguir bancando la arqueología regional?

- No es una pregunta fácil de responder. Podría decirte que elegir esta profesión también significa elegir hacer ciencia en un contexto, sobre todo actualmente, donde investigar no resulta nada sencillo. En nuestro país, las dificultades económicas, la falta de recursos y, sobre todo, las decisiones políticas que afectan al sistema científico hacen que investigar, sostener proyectos y formar nuevas generaciones sea cada vez más desafiante.

Sin embargo, justamente por eso creo que la ciencia tiene un valor todavía mayor. Estudiar a los pueblos del pasado, en el caso de la Arqueología, no es un lujo ni algo alejado de las necesidades del presente. Es una manera de conocer nuestra historia, comprender la diversidad de las sociedades que habitaron nuestros espacios y preservar sus memorias para construir nuestra identidad.

Me gusta proyectar nuestro trabajo demostrando que conocer nuestro pasado sigue siendo necesario para pensar nuestro presente y nuestro futuro. Hacer Arqueología hoy implica, entonces, no solamente mirar hacia atrás, sino también usar la ciencia como una herramienta que apuesta a seguir construyendo puentes y conocimientos para comprender e interpelar problemáticas actuales. (Nota: Alejandro Latorre)

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