2 de noviembre de 2011

Locales

Locales. Murió el profesor Castorino, un enamorado de la historia

Algo más de cuatro décadas atrás, fui alumno suyo en el Colegio San José. Recto y severo, pero siempre amable. Dictaba Historia e Instrucción Cívica. Poseía un dominio muy completo de la historia argentina y también la universal. Le apasionaba y transmitía esa pasión. Se había retirado del Ejército con el rango de mayor, y se mostraba orgulloso de sus profesiones, la milicia y la docencia. Se definía como “militar sanmartiniano”, circunstancia más que importante porque implica sentirse alejado de las aberraciones que tiempo después cometieron en el país muchos de sus pares.
Su idolatría por el “Padre de la Patria” lo llevó a integrar en esta ciudad la Asociación Cultural Sanmartiniana, junto con mi amigo y colega Daniel Eduardo Pérez. Siempre presto para contar algún chiste o anécdota, solía recordar que cuando fue alumno del Colegio Militar tuvo un maestro “exageradamente severo”, según sus propias palabras. Resulta que este profesor la nota más alta que ponía era siete, porque sostenía que el diez era para Dios, el nueve para San Martín y el ocho para el general Paz, el famoso “Manco”. En cambio el profe Castorino, dentro de sus exigencias lógicas, no tenía problema alguno en calificar con diez o nueve. Tampoco con uno o dos, claro. Y está bien que así sea.
Era imposible estar desatento en sus clases. Y para ello no necesitaba poner amonestaciones ni mandar a los alumnos afuera del aula. Empleaba un método netamente pedagógico y que no fallaba: el de la pregunta permanente. Mientras narraba y explicaba un tema determinado, en el momento más inesperado decía: “A ver Fulano, qué recuerda de las escuelas que donó el general Belgrano, que algo vimos en una clase anterior”. Y enseguida nombraba a otro compañero para completar la idea, o modificarla. Y así sucesivamente.
Siempre realizaba comentarios de la realidad política y social para asociarla con los tiempos históricos. Pero en aquel tiempo, como todavía éramos todos alumnos varones, también hablaba de fútbol. Lo justo, sin demagogia. Pero resultaba algo así como el instante del relax. Y ahí lograba, por supuesto, el mayor índice de participación. Una vez estaba explicando que después de la Revolución de Mayo, algunas provincias que integraban el ex Virreinato del Río de la Plata se independizaron. “Y entonce perdimos entre otras cosas –dijo- los minerales de Bolivia, las naranjas del Paraguay…” Y un compañero agregó: “Y el fútbol uruguayo”. Se rió mucho y asintió. Eran tiempos en que Uruguay todavía ganaba numerosas copas a nivel sudamericano, había sido campeón mundial y Peñarol resultaba con frecuencia ganador de la “Libertadores de América”.
Pedro Lauro Castorino fue de esos profesores de la escuela secundaria que dejaron un muy buen recuerdo entre sus alumnos. Porque trataba a los educandos con un respeto que podría definirse como “severa cordialidad”. Pero sobre todo porque tuvo la enorme virtud, ayudado por su notable memoria, de recordar a sus discípulos incluso muchos años después. Esto tan lindo de encontrarnos en cualquier lugar de la ciudad. Y nos preguntaba siempre cómo nos iba, qué era de nuestras vidas. No se olvidaba y no nos olvidamos. Lo que no es poco.
Agradezco, pues, a mis colegas de LA VOZ DE TANDIL, por haberme solicitado esta semblanza. Ha sido un placer evocar al maestro que se nos fue. Que se adelantó en la partida. Y como tanguero y lunfardista, lo despido con un “¡Gracias, y hasta siempre, Troesma! ¡Salute!”.
NÉSTOR DIPAOLA 
nestordipaola@yahoo.com.ar

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