23 de enero de 2011
“El país necesita un estadista”, responde con cierta resignación y/o frustración el intendente Miguel Lunghi cuando informalmente se lo consulta sobre el futuro del país, y las futuras elecciones con sus respectivos eventuales candidatos. En verdad, ninguno mueve su amperímetro. Ninguno lo llena, le genera expectativa. Tampoco los correligionarios que comparten la misma cofradía partidaria.
Así, bajo cierta disciplina partidaria o lo que se concibe como ser orgánicos, el pediatra y compañía apoyará al candidato que las huestes radicales resuelvan, con la particularidad que como nunca se mostrarán en las fotos porque ya los referentes nacionales no son los piantavotos que supieron ser. O porque sencillamente, pragmáticamente, el contexto electoral nacional hasta aquí infería que estar en la vereda de enfrente al Gobierno nacional servía desde el conflicto del campo a esta parte. De la subida a la cosechadora hasta estos tiempos, para ser más precisos.
Ya no hay que ignorar el comité de calle Mitre y tampoco portar estandartes con leyendas que rezaban frases del ex presidente fallecido: este intendente me entusiasma.
Tampoco serán necios y sus muchos electores, como ha sucedido, vuelven a manifestar su voluntad de corte, nada harán para impedirlo o seducir por lo contrario.
CAMBIO RADICAL
En este escenario casi anodino con un resultado que pareciera cantado en las urnas, el lunghismo se acordaría de homenajear y rescatar la figura de Alfonsín, para luego sumarse a la candidatura de su hijo, de la mano de un hábil Carlos Fernández que a modo de reconocimiento por el apoyo recibido en la interna intestina que lo catapultó milagrosamente (sólo él creyó en esa posibilidad) a la senaduría. Ricardito jugó sus fichas y habló de renovación partidaria. Allí fue Fernández y llevó a Lunghi y los demás, sin creerse demasiado las chances ni las capacidades del hijo de.
Montados en esa ola nostalgiosa alfonsinista, el lunghismo parecía tranquilo en el tránsito a octubre, pero se topó con una encrucijada impensada en el propio entramado radical, la candidatura de Ernesto Sanz.
Dentro de aquel contexto general de pocas expectativas para con quienes hasta aquí ostentaban arroparse de candidatos, apareció el senador nacional que, dentro de aquella mediocridad entendida, era -es- el que más entusiasmaba al pediatra.
Lo decía sin tapujos antes de conocerse la noticia, seguramente porque no pronosticaba el desenlace. Con Sanz mantuvo algunos encuentros, un par aquí en la ciudad y consideró que era un hombre de valía para el radicalismo. Ahora, desde las playas de Cariló se estará preguntando qué hacer o, al menos, porqué el senador no se lanzó antes.
Consultados los colaboradores más cercanos al jefe comunal, reconocen la contrariedad, pero consideran que ya es tarde para lamentos. Que Sanz se largó tarde y Lunghi ya jugó fuerte. De hecho recuerdan una solicitada en que el pediatra rubricó adhiriendo a la candidatura de Ricardito, sobre quien Lunghi dice con aquella resignación que “es un buen muchacho”, cuando se le pregunta si gusta de su candidatura.
OBEDIENCIA
De todas formas, se añadió, todo no resultó sencillo en estos días de convivencia radical tandilense, especialmente entre los integrantes del propio gabinete.
Frente a posibles corrimientos en las adhesiones internas, antes de partir a la costa atlántica el jefe dejó un ultimátum: todos apoyamos a Ricardito, el que no le guste se va, a pesar que el propio mandamás sería el primero en depositar su voto de confianza en Sanz.
La pregunta del vecino de a pie, despojado de los intereses político partidarios, sería si no resulta cierta irresponsabilidad apoyar la candidatura de alguien al que en verdad no los convence, como sería en este caso.
Así las cosas, la incomodidad radical se hizo carne en este juego interno que tanto apasiona a la casta política y, especialmente al radicalismo que, como solía decir don Raúl, las elecciones generales resultan una excusa para las internas.
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