8 de mayo de 2011
Por Guillermo Liggerini
La confusión, la incertidumbre generalizada en el plano nacional descoloca a propios y extraños. Mientras el vecino de a pie observa desde afuera con la poca capacidad de asombro que le queda frente a los vaivenes de la casta política, ésta zigzaguea al frenesí de la especulación meramente pragmática. Hay que juntar votos, como sea y con quien sea, y frente a ese escenario todo es posible, nada se descarta, todo se recicla.
Bajo esa sensación extraña transita el radicalismo, que se sabe seguro del recaudador de votos Miguel Lunghi y sus designios a la hora de definir quiénes integrarán su lista, pero que se muestra incómodo por su candidato nacional y, más aún, por los sapos que podría tragarse de confirmarse las especulaciones que se leen más allá de las fronteras serranas.
Casi como Néstor Kirchner lo quería, se va perfilando la contienda electoral con dos frentes bien definidos. Con su esposa ostentando el estandarte de representar la centro izquierda y el radicalismo recostándose en la centro derecha. Cabría una tercera alternativa, pero más afín a representar un voto testimonial que verdaderas chances de pelear por la presidencia.
En ese hipotético escenario, el lunghismo se inquieta con solo pensar que De Narváez será su candidato a gobernador, olvidándose que en la última contienda electoral había sido Lavagna su candidato presidencial.
Se discute entre el pragmatismo al dogma. Difícilmente congenien ambos aspectos. De Narváez asegura un caudal de votos que Stolbilzer ha demostrado una y otra vez incapaz de juntar. La candidata atesora otras cuestiones que hacen a la reserva ideológica, pero eso no alcanza para competir con aspiraciones a gobernar.
Es cierto que el justicialismo ni se sonroja con sus alianzas estratégicas. Desde Menem, los Saadi a Rico, servirán para preservar su vocación de poder, pero el radicalismo siempre enarboló (con o sin suerte) otros valores que ahora parecen colisionar.
En definitiva, trayéndolo al pago, qué podría generarle a Lunghi más que una gastritis. En la práctica, se transparentaría lo que claramente ocurrió en la última contienda electoral legislativa, en la que prevaleció el corte de boleta, ganando por amplio margen el candidato Marcos Nicolini y Francisco De Narváez en el plano bonaerense.
Tampoco sería la primera vez que el hombre que dejó de ser pediatra para arroparse de político y trabajar de intendente varíe su discurso. Cuando se llevaba bien con el kirchnerismo hablaba de pertenecer el mismo campo popular y progresista (Lunghi dixit). Cuando las relaciones cambiaron y Lunghi subió a la cosechadora, hablaría de un gobierno irracional que va en detrimento del federalismo y otras críticas.
De acordarse esa alianza nacional-bonaerense, quienes peor la pasarían son aquellos candidatos que ostentaban representar ese sector tandilense. Carlos Mansilla -próximo a lanzarse-, Claudio Ersinger, Mario Bracciale, o el que fuera, quedaría claramente obnubilado frente a una lista tentadora para la mayoría del tandilense medio.
LA OPOSICION
El justicialismo no le va en zaga en cuanto a la incertidumbre, aunque aquí la ingesta pasa más por el candidato local que los representantes nacionales y provinciales. Claramente el elegido Néstor Auza sigue haciendo el esfuerzo por encontrar el mayor consenso dentro del nada sencillo escenario interno kirchnerista. Incluso por éstas horas mostrándose con un perfil hacedor a través de gestiones varias con bajada de recursos y promesas que hacen a la ciudad.
Sin embargo, mantiene las miradas desconfiadas de siempre que sólo podría disipar (al menos acallar en cuanto a pretensiones) con la llegada de la mismísima Cristina Fernández de Kirchner.
Hasta aquí, el veterinario se lo identifica con el sciolismo y eso resulta la “excusa” para kirchneristas varios para retacear la adhesión. Sólo la presencia en la ciudad y un explícito apoyo de la primera mandataria ahuyentaría los fantasmas. Tarea nada sencilla y que, seguramente, sería encomendada al mismísimo Diego Bossio, línea directa a la Casa Rosada.
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