10 de septiembre de 2026
por
Daniel Antenucci
Ni siquiera el apellido había llegado intacto. En los libros parroquiales del lado francés no había ninguna Saldain: había Çaldain, con esa cedilla que en euskera y en gascón suena distinto a la ese castellana, un sonido que el papel del servicio de migraciones y el registro civil argentino no supieron o no quisieron conservar. La letra se perdió en el cruce del océano igual que se pierden los acentos, las costumbres, los oficios de los abuelos: alguien, en alguna oficina de inmigración o en la boca de un escribano de pueblo, decidió que esa letra rara no existiera, y desde entonces la familia entera se llamó de otra manera sin haberlo decidido.
Fue mucho después, ya de adulto, cuando decidí tirar de ese
hilo. No por vanidad de árbol genealógico del que soy parte, sino por algo más
simple. Cada uno de nosotros somos una gota en un mar de pasado, un eslabón de
una larguísima cadena de antepasados, que me llevó a la necesidad de poner un
lugar y una cara detrás de un nombre que hasta entonces había sido solo sonido.
La búsqueda empezó, como empiezan casi todas las búsquedas
serias, con muy poco: un acta de bautismo de Tandil, provincia de Buenos Aires,
donde figuraba que Juan Saldain, había nacido en 1851 y su mujer María Maillot,
los padres de mi bisabuela Graciana, había nacido en 1852. Ambos, decían las
actas, eran "de los bajos Pirineos". Ningún pueblo, solo una
cordillera y un gentilicio impreciso, como si el mundo entero cupiera bajo esa
frase. Vale la pena remarcar los nombres de Juan Saldain y Maria Mallot, que
serán los nudos del ovillo de esta historia.
Del otro lado del océano, alguien estaba dispuesto a ayudar.
Se llama Christiane BidotNaude, vive en Bayona, y lleva media vida rastreando a
los miles de vascos y bearneses que partieron de esas mismas montañas hacia
América. Había empezado esa tarea con su marido, jubilados los dos, hasta que
el falleció y ella siguió sola, tozuda, con la paciencia de quien ya no tiene
prisa por nada salvo por antepasados ajenos. Entre los dos, uno que apenas
entendía francés y leía las actas como quien descifra jeroglíficos, otra que
descifraba jeroglíficos como quien lee el diario, se armó una correspondencia
que duraría más de dos años.
Lo primero que apareció fue la confusión, y la confusión, en
genealogía, es casi siempre la forma que toma la verdad antes de dejarse ver
del todo. Había, en la misma región, al menos tres hombres llamados Juan
Saldain, nacidos casi en el mismo año, hijos de padres con nombres parecidos:
Michel, Miguel, Jean. Uno había nacido en Valcarlos, del lado español de la
frontera. Otro, en algún pueblo francés todavía sin identificar. Un tercero
era, quizás, el mismo que el segundo, o quizás no. Las actas de los hijos,
bautizados ya en la pampa argentina, a veces dicen que el padre era francés y a
veces, que era español. La misma mano que firmaba distinto según el día.
Buscamos en toda esa región del sur de Francia. Primero
Aincille, después en Larceveau, en Arnéguy, en Ibarrola, en Cambo, en
Valcarlos, en Bunus: nombres de pueblos pequeños, pegados unos a otros como
piedras de un mismo sendero, donde la frontera entre Francia y España no había
sido nunca, para quien allí vivía, una línea sino apenas una costumbre
administrativa. "Si los padres son franceses, el hijo es francés en
cualquier parte del mundo donde nazca", escribiría Christiane en algún
momento, y esa frase explicaba, sin proponérselo, por qué una misma persona
podía figurar francés en un censo y español en otro sin que nadie mintiera.
Había, además, otra costumbre de esa tierra que complicaba y
a la vez ordenaba la búsqueda: cada casa tenía nombre propio, y ese nombre a
veces pesaba más que el apellido de quien la habitaba. Pierre Saldain vivía en
la casa Aguerre, en Aincille. Uno de sus nietos, en la casa Curuchet, en el
mismo pueblo. Michel, ya de adulto, alquilaba un lugar en la casa Etcheberria,
en el barrio de la Magdeleine de Saint-Jean-le-Vieux. Los Maillot, por su
parte, vivían en la casa Charlestéguy, en Larceveau. No era un dato decorativo:
en los pueblos vascos, cuando dos hombres compartían nombre y apellido, cosa
frecuente dado lo poco variado del santoral local, se los distinguía diciendo
de qué casa era cada uno, antes incluso que por su padre o su oficio. Una
lógica de pertenencia que no preguntaba de quién se descendía, sino en qué
techo se vivía.
Página por página, acta por acta, sin índices casi nunca,
fue apareciendo una familia: Pierre Saldain y Catalina Larraburu, casados en
Aincille a comienzos del siglo diecinueve, con hijos que se llamaban Arnaud,
Jeanne, Michel, Jean, Marie. Uno de esos hijos, Michel, se habría casado con
una tal María Iribarnegaray, y de esa pareja, solteros todavía cuando nació la
primera hija, casados ya cuando llegaron los siguientes, habrían nacido Juan y
Santiago, los que después cruzarían el océano.
Michel vivía y trabajaba en Saint-Jean-le-Vieux, un pueblo
que hoy nadie asociaría con nada salvo con su vecino más famoso,
Saint-Jean-Pied-de-Port, la puerta francesa del Camino de Santiago, el lugar
donde generación tras generación los peregrinos se calzaban las botas, y hoy
las zapatillas deportivas, por última vez antes de subir hacia España. Y el
oficio de Michel, anotado con total indiferencia burocrática al pie de cada
acta de nacimiento de sus hijos, era justamente ese: "sabotier", hacedor de
zuecos de madera. No el cuero fino de un zapatero de ciudad, sino el zueco
tosco y macizo del campesino vasco, el mismo que quizás calzaba a más de un
caminante camino a Compostela. Es una casualidad menor, de esas que no prueban
nada y sin embargo no se pueden dejar de mirar dos veces: mucho antes de que
sus hijos cruzaran todo un océano para no volver, el padre ya pasaba sus días
fabricando el calzado de otros que partían.
Y el oficio no se quedó en Michel. Cuando, años después, la
hermana de María Maillot, la que llevaba su mismo nombre con el agregado de
Graciana, nombre que heredó mi bisabuela, se casó en Bunus con un tal Jean
Arrolle. Tanto el novio como uno de los testigos de la boda, un tal Pedro
Phinó, fueron anotados en el acta como sandaliers: fabricantes de sandalias, de
alpargatas. Toda esa región de los Pirineos, generación tras generación,
parecía vivir de calzar a los demás, oficio modesto e itinerante como pocos,
que con el tiempo terminaría prestándole, sin que nadie lo planeara, una imagen
exacta a la propia historia de la familia: gente que hizo del camino, y de lo
que se necesita para andarlo, casi un destino de sangre.
Del lado de María Maillot la búsqueda fue, si cabe, más
delicada, porque había tres hermanas con el mismo nombre de pila repetido como
un juego de espejos: María, nacida en 1851; María, nacida en 1854; María Graciana,
nacida en 1856. Todas hijas de un jornalero, Bernard Maillot, y de Marianne
Oyenart. Y entonces ocurrió algo que Christiane no dudó en llamar demasiada
coincidencia para no ser cierta: la hija que había nacido en Tandil, la primera
de Juan y María, se llamaba Graciana. El mismo nombre que la hermana menor de
su madre, la que aparecía como madrina en el acta. Como si el nombre,
atravesando el océano, hubiera querido dejar una marca de origen imposible de
borrar.
Faltaba, sin embargo, la prueba mayor: el matrimonio de Juan
y María, y el nacimiento de un primer hijo varón, también Juan, que el censo
argentino de 1895 decía nacido en Francia alrededor de 1872. Las actas de ese
matrimonio no aparecieron. Se revisaron los registros de todos los pueblos vecinos,
uno por uno, durante meses. "Ya leí todo Larceveau", escribía
Christiane; y después Arnéguy, y después Aincille, y después Bunus. Nada. Los
archivos de esos años, en esa zona exacta, tenían un vacío, como si alguien
hubiera arrancado justo esas páginas del libro.
Y sin embargo ese hijo nunca estuvo tan escondido como
parecía. Estaba, todo el tiempo, en el mismo censo de 1895 que había dado la
primera pista: ahí nomás, dos renglones debajo de sus padres, un joven de
veintitrés años, soltero, jornalero, nacido en Francia, que no sabía ni leer ni
escribir. Se lo había buscado durante meses del otro lado del océano, en
archivos que ya no existían o que nunca lo habían registrado, cuando estaba
sentado, adulto y vivo, en la misma casa que se había revisado primero. A veces
lo que se busca lejos está cerca; solo que hay que volver a mirar lo que ya se
tiene delante, pero con otros ojos.
Ese mismo censo, además, dejaba una fisura pequeña entre el
hombre y la mujer que habían fundado todo esto. En la columna que preguntaba si
sabía leer y escribir, junto al nombre de Juan había un "no" seco,
sin vueltas. Junto al de María, un "sí". Ella, que venía de una
familia de costureras y panaderas, sabía firmar su nombre; él, que venía de una
familia de zuequeros y jornaleros, hizo toda su vida marcando una cruz donde
otros firmaban por él. Y en la misma fila, la cifra que corona ese renglón:
catorce hijos, veintidós años de matrimonio. Habían dejado un rastro de
nacimientos por media provincia de Buenos Aires, y sin embargo, del hombre que
los había engendrado a todos, no quedaba en ningún papel una letra escrita de
su propia mano.
La respuesta llegó, al final, no de un archivo civil sino de
uno militar, más de un año después de haberse dado la búsqueda casi por
agotada. Una mujer llamada Martine, de genealogía francesa, a quien nunca
llegué a conocer, encontró entre los registros de reclutamiento, los archivos
de Nantes, la ficha de Jean Saldain: nacido en Valcarlos, hijo de Michel y de
María Iribarnegaray, domiciliado más tarde en Bunus. El dato que durante meses
se había buscado en la parroquia equivocada estaba, en realidad, en la boca del
padre que había declarado el nacimiento en el pueblo de al lado. Dos primos,
dos Juanes, nacidos el mismo año en el mismo pueblo, hijos de dos hermanos que
habían llevado el mismo nombre de pila a sus propios hijos: esa había sido,
durante meses, la trampa. No un error de los archivos, sino un error humano,
viejo de siglo y medio, repetido después por cada uno de los que habían intentado
desenredarlo.
Con esa ficha se cerraba, al fin, una cadena que empezaba en
Pierre Saldain y Catalina Larraburu, seguía en Michel y María Iribarnegaray, y
llegaba hasta Juan Saldain y María Maillot, los que un día, no se sabe bien
cuándo ni bajo qué cielo, porque ese matrimonio nunca apareció, decidieron
dejar los Pirineos Atlánticos franceses y cruzar el océano del mismo nombre que
sus montañas, para instalarse en Tandil, provincia de Buenos Aires. De esa
pareja nacería Graciana, la que llevaría el nombre de su tía francesa, la que
sería, tiempo después, la madre de Ricardo Teotino Barragán, mi abuelo materno.
Quedaba, todavía, sin nombre el pueblo exacto donde Juan y
María se habían casado, y sin fecha el día en que el pequeño Juan había nacido
en Francia antes de embarcar. Pero ya no importaba tanto. Lo que se había
buscado, en el fondo, no era una fecha sino un lugar donde pararse: una tierra
concreta, con nombre de pueblo y apellido de vecinos, debajo del nombre que se
había llevado toda la vida sin hacerse preguntas. Los Pirineos dejaron de ser
una cordillera abstracta y se volvieron caminos entre Aincille y Bunus, entre
Larceveau y Valcarlos, por donde alguna vez había caminado alguien cuya sangre,
sin que yo lo supiera, seguía moviéndome las manos para escribir esta historia.
Pero el mapa, lejos de cerrarse ahí, se abrió en otra
dirección: la del lado americano, donde Juan y María tampoco se habían quedado
quietos. Contra lo que suele suponerse de los inmigrantes, que llegan, se
plantan, echan raíz en un solo lugar, esta pareja anduvo de partido en partido
durante casi veinte años, como si todavía llevaran adentro el hábito de moverse
detrás del trabajo que habían traído de las montañas. Una hija nació en
Chascomús. Otra, al año siguiente, en Dolores. Un hijo en Tandil, con el padre
declarado español en esa acta y francés en la mayoría de las demás, como si
tampoco allí, de este lado nuevo del océano, la identidad terminara de
asentarse del todo. Otra hija en Balcarce. Otra en Ayacucho. Y por fin, hacia
1883, de vuelta en Tandil, la que llevaría el nombre de la tía francesa:
Graciana, la que un día sería madre de Ricardo Teotino Barragán. Recién
entonces, con esa hija, la familia parece haber finalmente echado raíces
definitivas: los hijos que le siguieron, Apolinario, Pedro, María Luisa, Rosa,
ya nacieron todos en el mismo pueblo.
Y el trabajo también terminó de asentarse con ellos. El
censo de 1895, que retrata a toda la familia ya reunida bajo un mismo techo de
Tandil, anota junto al nombre de Juan una sola palabra en la columna de la
ocupación: café. Ya no era, para entonces, el peón itinerante de los primeros
años ni el hijo del zuequero de los Pirineos: era, se puede suponer, un hombre
de mostrador, de pueblo, de charla corta con el vecino que entraba a tomar
algo. Del oficio de fabricar el calzado de quienes se iban, al oficio de
servirle un café a quienes ya se habían quedado: toda una vida resumida, sin
proponérselo, en el cambio de una sola palabra entre un acta francesa y un
censo argentino.
De los hermanos que Juan había dejado atrás, o que quizás
habían cruzado con él, fueron apareciendo también sus propios caminos, siempre
de costado, siempre como huella de otro protagonista. Santiago, que se casó con
una tal Graciana Servilla y tuvo un hijo en Pringles. Pedro, que nunca fue
noticia por sí mismo sino por estar siempre presente en la vida de los otros:
padrino de un sobrino en Tandil, padrino de otro en Azul, hasta que los
registros lo encuentran, finalmente, viviendo en Olavarría, como si hubiera
seguido caminando un poco más allá que sus hermanos y se hubiera quedado ahí,
en el borde del mapa familiar. Y una hermana, también llamada María, para
entonces ya eran tres las Marías Saldain repartidas por la llanura, tres
mujeres con el mismo nombre viviendo vidas que jamás se cruzaban entre sí,
salvo en la memoria de quien las buscaba, que se había casado en Azul con un
francés, José Arambilleta, y con quien tuvo nueve hijos. El censo del noventa y
cinco los retrata a todos juntos, en una sola hoja, con esa numeración fría y
precisa que tienen los censos y que sin embargo alcanza a decir tanto: una casa
llena, unos padres franceses, y una fila de nombres que se repiten de
generación en generación como si la familia no supiera, o no quisiera, inventar
nombres nuevos.
Entre esas dos hermanas separadas por ochenta kilómetros de
pampa, la de Tandil y la de Azul, el vínculo no se cortó nunca del todo. Cuando
en Azul bautizaron a una de las hijas del matrimonio Arambilleta, la madrina
elegida fue María Maillot, la cuñada de Tandil, que no pudo viajar, pero mandó
a alguien que la representara ante la pila bautismal, como se hacía entonces
cuando la distancia era demasiada y el afecto no. Es una escena pequeña, casi
administrativa, apenas una firma en un libro parroquial; pero detrás de esa
firma por poder hay dos mujeres que se sabían hermanas, aunque vivieran vidas
separadas, y que se ocuparon de que sus hijos lo supieran también.
Hubo, en el camino, más de un espejismo. Otro Juan Saldain,
casado con una Juana Ayet, viviendo en el partido de Chacabuco con sus propios
hijos y su propia historia, sin ningún lazo real con el primero salvo el
apellido y una edad casi idéntica: otro hombre que había cruzado el mismo
océano cargando el mismo nombre, sin saber, o sin que le importara, que del
otro lado de la provincia había un tocayo criando también una familia. Y
todavía otro, casado con una tal Mariana, cuyo hijo llevaba por las dudas el
apellido de un tal Duarte que, por pura coincidencia de sonido, hizo pensar por
un momento en una filiación ilustre que la evidencia se negó a confirmar. El
apellido, se fue aprendiendo, no alcanzaba nunca por sí solo: hacía falta la
fecha, el pueblo, el nombre del padrino, para separar a los parientes de los
simples desconocidos que habían tenido la mala o buena suerte de compartir un
nombre de pila y un origen vasco-francés con media Argentina de la época.
Para 1911, cuando ya hacía tiempo que Juan y María habían
muerto, sus hijos, convertidos ya en hombres y mujeres de mediana edad, seguían
apareciendo en los libros parroquiales de Tandil, pero del otro lado del
mostrador: ya no como los bautizados, sino como los padrinos. Juan hijo y Anita
Saldain sostuvieron esa tarde a upa a la hija de unos vecinos, en el mismo
pueblo donde sus propios padres habían llegado sin nada más que un apellido con
una letra rara y un origen impreciso llamado, apenas, "los bajos
Pirineos". Al pie del acta, donde debían firmar, hay dos cruces: una junto
al nombre de Juan, otra junto al de Anita. Cuarenta años después de que su
padre marcara la suya de la misma manera, sus hijos seguían sin poder escribir
el propio nombre. El apellido, para entonces, ya no necesitaba explicación, se
había vuelto de ese lugar, tan de Tandil como de Aincille, pero la letra, la escritura
misma, seguía siendo una frontera que esa familia no había terminado de cruzar.
Quizás sea ese, más que cualquier acta o cualquier pueblo hallado en un mapa,
el verdadero origen que se estaba buscando: no un lugar, sino una mano que
durante tres generaciones dijo su nombre en voz alta sin poder nunca, del todo,
escribirlo.
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